El Legado de Icaro: Capitulo 1 (III)

La caverna.

Tal vez sólo una simple curiosidad, el filósofo Sócrates se hacía pasar por descendiente de Dédalo. No es del todo imposible que el llamado por sus contemporáneos “el hombre más sabio del mundo”, concientemente asimilara el valor simbólico de Ícaro y hubiera, de forma sutil e indirecta, asociado su labor con la de este personaje mitológico.
Recordemos que Sócrates, cada paso que dio en su vida pública fue orientado hacia el mismo fin: ayudar al hombre a construir y utilizar sistemas para escapar del laberinto que lo aprisiona a diario. El no sólo fue un gran hombre con alas, sino que fue el más grande entre todos los instructores de vuelo de la cultura occidental.
Sócrates, tuvo un discípulo por sobre todos los otros: Platón, cuya más conocida analogía, “La Parábola de la Caverna”, casualmente no es otra cosa que una descripción de las distintas etapas que un hombre debe superar para salir de una prisión.


La narración de Platón dice: “Imagina un antro subterráneo, que tenga en toda su longitud una abertura que dé libre paso a la luz, y en esta caver¬na hombres encadenados desde la infancia, de suerte que no puedan mudar de lugar ni volver la cabeza a causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tienen enfrente. Detrás de ellos, a cierta distancia y a cierta altura, supóngase un fuego cuyo resplandor los alumbra, y un camino escarpado entre este fuego y los cautivos. Supón a lo largo de este camino un muro, semejante a los tabiques que los charlatanes ponen entre ellos y los espectadores, para ocultarles la combinación y los resortes secretos de las maravillas que hacen…”
“…Figúrate personas que pasan a lo largo del muro llevando objetos de toda clase, figuras de hombres, de animales, de madera o de piedra, de suerte que todo esto aparezca sobre el muro”.
Para aquellos que viven dentro de ella, la caverna, (al igual que la invención de Dédalo) es una prisión de la cual no hay aparente esperanza de escape.
La penumbra sería todo lo conocido, y tal como parecen infranqueables las grises paredes del laberinto mitológico, en la analogía de Platón a las proyecciones que se reflejan en el muro se les otorga un status de verdad, llamándolas como a las cosas mismas, confundiendo el eco del exterior con la voz de las sombras mismas que pasan delante de sus ojos.

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